Mostrando las entradas con la etiqueta Artículo. Mostrar todas las entradas
Mostrando las entradas con la etiqueta Artículo. Mostrar todas las entradas

2.4.13

Un cuento y una historia

En esta ocasión leímos una historia que nos cuenta Cristina Pacheco, De regreso. También, un interesante cuento de Francisco Hinojosa: "Informe negro". Los estudiantes registrarán sus experiencias de lectura.

De regreso
Cristina Pacheco
La jornada, 31 de marzo de 2013
 
Firme al volante, Danilo se concentra en mirar la autopista. En el asiento posterior del coche Joshua y Sarahí, vestidos con ropa de playa, dormitan entre toallas húmedas, bultos y mochilas. Idalia experimenta una rara mezcla de nostalgia y ansiedad. Ve el reloj en el tablero. Son las dos de la tarde. A estas horas de seguro otras personas habrán ocupado la habitación 208 en donde se hospedó con su marido y sus hijos durante los tres días de vacaciones en Veracruz.
Idalia se da cuenta de que el paseo fue muy breve y lamenta haberlo desperdiciado. Se reprocha porque mientras estuvo en la playa en vez de entregarse por completo a la diversión y el descanso se dedicó a pensar en su madre sola en el departamento, los asuntos sin resolver, las cuentas pendientes, la discusión con su hermana, el rumor de que en la oficina de correos habrá recorte de personal, en los abonos del coche, en la tubería con fugas.
Ahora que está a punto de volver a su vida de siempre se esfuerza por recordar cada detalle de la habitación 208: paredes amarillas, luz raquítica, un buró, dos camas, reproducciones sobre las cabeceras. Una representaba gaviotas sobrevolando el oleaje rizado, como de azúcar; la otra, un barco navegando por un mar calmo y nocturno.
Tal vez los nuevos ocupantes del 208 las estén mirando con asombro y digan lo que ella le comentó a Danilo: “Me gustaría tener unos cuadros como éstos.” La escena inventada le provoca una antipatía infantil hacia los desconocidos. Los imagina desempacando, poniéndose de prisa la ropa ligera que pagaron (igual que ella) con tarjeta de crédito, haciéndose bromas, tomándose fotos con los celulares. Sus hijos no dejaron de hacerlo. Quieren mostrárselas a su abuela en cuanto la saluden. “Mira, abue: aquí estamos Sarahí y yo sentados en el malecón”. “Esta nos la tomó mi papá en un restorán”. “Antes de salir le sacamos una foto al cuarto en donde estuvimos”. “Aquí posamos en la puerta del hotel”.
Más allá de esas fotos y las conchitas que levantaron en la playa, Idalia se pregunta qué recuerdo de su primer viaje al mar guardarán Joshua y Sarahí. Ojalá sea bonito y lo conserven, para que cuando lleguen a ser padres lo compartan con sus hijos. La idea de que algún día sus niños harán su vida lejos de ella y de Danilo le provoca ansia de abrazarlos, pero se contiene para no interrumpir su sueño.
II
Idalia siente nostalgia por el puerto. Le gustaría preguntarle a Danilo cuándo volverán, con la esperanza de que él le conteste: “Muy pronto”, pero, conociéndolo, sabe que él le dará otra respuesta: “Cuando se pueda”. Ella hará lo posible porque eso ocurra en Navidad. Sería bonito hospedarse otra vez en el hotel Almirantes, en el mismo cuarto 208: paredes amarillas, dos camas, reproducciones sobre las cabeceras. Gaviotas. Un barco.
Idalia se da cuenta de que recuerda mejor el mar en los cuadros que el que vio inmenso, deslumbrante, erizado de olas y reflejos. Le lastimaban los ojos y tuvo que comprarse unos lentes de sol en el malecón.
Ha cambiado mucho desde que lo vio por vez primera. Iba con sus padres. Era niña. Se asombró ante el mar, jugó a huir de sus olas, conoció los cangrejos, buscó tesoros en la arena. Su padre le hizo un castillo. “Cuando sea grande, ¿viviré en uno así?”
El recuerdo de aquella pregunta la emociona, la devuelve a la plenitud de su infancia cuando soñaba con ser grande, ponerse zapatos de tacón y pintarse los labios de rojo. Ahora a diario hace las tres cosas, pero le gustaría volver a su infancia y soñar la vida en un castillo.
Su departamento es todo menos eso; pero es el sitio que más ama en el mundo. Mira de nuevo el reloj del tablero. Pronto estará subiendo las escaleras del edificio y llamando a su madre. La imagina en estos momentos parada en el zaguán, mirando a la distancia con la esperanza de que aparezca el Sílver: así llama Danilo a su automóvil plateado que debe a medias y teme perder por falta de pago.
Idalia piensa que en vez de irse de vacaciones a Veracruz debieron haber invertido el dinero del viaje en pagar dos abonos del coche. “Tómalo como una inversión”, le dijo su esposo la tarde en que le dio la noticia de que acababa de comprárselo a un amigo del trabajo y ella le recriminó que se hubiera echado semejante compromiso. Él se defendió con lo de la inversión y se pasó horas demostrándole las cualidades del coche. Entonces surgió la idea de llamarlo el Sílver.
A Idalia le pareció muy graciosa la ocurrencia pero siguió pensando que, en sus condiciones y más con la inseguridad en el empleo, había sido una locura comprar un automóvil. Él le encontró otra ventaja: “Los domingos podremos sacar a los niños de paseo y, si se puede, los llevaremos a que conozcan el mar. Me canso de que el Sílver aguanta de aquí a Veracruz sin dejarnos tirados”.
La realidad contradijo ese optimismo: antes de que llegaran a Puebla el coche sufrió tres averías. Danilo tuvo que pasarse horas haciendo talacha e Idalia parada en el acotadero agitando una toalla para advertirles del percance a los automovilistas que se aproximaban a toda velocidad. Mientras tanto los niños, sudorosos y malhumorados, sugerían que mejor se regresaran a la casa. Ni en el peor de los momentos Idalia les dio la razón. Habían hecho toda clase de sacrificios y gastos para llevarlos de vacaciones a conocer el mar y no era justo que ahora quisieran desbaratarlo todo sólo por unas cuantas molestias. Iban a entender que habían valido la pena cuando se encontraran frente al mar y vieran su movimiento eterno y su inmensidad. “Mira, abue, aquí está mi hermana corriendo en la arena”. “Estos son mi papás abrazándose”.
Fue la única vez que Idalia y Danilo se tocaron. Durante sus vacaciones en la playa la presencia de sus hijos los mantuvo cohibidos y lejanos aun en la cama, cuando la Luna iluminaba los cuadros sobre las cabeceras.
III
“Despierta a los niños. Ya casi llegamos”. De nuevo Idalia se ve sorprendida por la voz de Danilo. Baja la ventanilla y mira hacia la gasolinera que está cerca del edificio en donde viven, en donde su madre los espera, en donde se enrosca la rutina. Abre su bolsa. Junto a su monedero está la llave del 208. Su rígida frialdad la devuelve al cuarto de paredes amarillas, con un buró y dos cuadros sobre las cabeceras. Gaviotas sobrevolando las olas. Un barco deslizándose en el mar quieto y nocturno.

17.9.12

Envidia

A pesar de la fuerte lluvia, llegaron varios estudiantes a la clase. Una joven llegó empapada, escurría agua por todos lados. Esperamos que no se enferme.

Hoy nos adentramos al discurso periodístico. De inicio, a través de un cartel comentamos las 10 estrategias de manipulación mediática de Noam Chomsky. Los estudiantes ofrecieron su opinión sobre lo que sucede en los medios y la conciencia que se necesita para percibir estas estrategias, usar el espíritu crítico. Fue muy interesante.

Pasamos a la lectura de un artículo de Diana Cohen Agrest, publicado el 9 de enero de 2010 en en el Suplemento ADN Cultura, se titula Envidia. En unos días leeremos los puntos de vista y opiniones de los estudiantes sobre el texto:

Envidia

"Tengo envidia de tu sombra / porque está cerca de ti./ Y mira si es grande mi amor, / que cuando digo tu nombre / tengo envidia de mi voz", cantaba lastimosamente José Feliciano. Pero el poder de la envidia trasciende la ilusión romántica. La de Blancanieves, sin ir más lejos, más que una historia de amor, es un relato de venganza, traición y envidia. Y ni hablar de Cenicienta, cercada por mujeres tan carcomidas por la envidia que imponen un obstáculo tras otro en aras de impedir que la de los pies pequeños concurra al baile en el palacio. Y aun si el envenenamiento del genial Mozart por Salieri fuera fantasía pura, la envidia del italiano no es sino una reacción natural a la lotería de la vida: haber nacido en el momento y en el lugar equivocado, dotado con un talento enorme opacado por la genialidad indiscutible de un rival.

Retratada como destructiva, inhibitoria, inútil y dolorosa, la envidia es condenada como uno de los siete pecados capitales. Nadie duda del papel siniestro y abismal de la envidia en la existencia humana. Porque se la suele acusar de irracional, imprudente, viciosa, equivocada. Porque se la considera innata y arrasadora, y se la oculta tras las máscaras de la crítica amarga, la sátira, la injuria, la calumnia, la insinuación pérfida, la compasión fingida y hasta la adulación servil. Y porque se recae en ella, una y otra vez.

Definida como la aflicción vivida por un sujeto cuando siente que no posee algo que su rival sí posee, a propósito de ella Ivonne Bordelois nos enseña en Etimología de las pasiones que in-vidia (de video, vedere, de donde proviene el verbo ver) significa "la mirada penetrante y agresiva de un ojo que, movido por alguna forma de animosidad, antipatía, odio o rivalidad, se hinca enconadamente en el de su enemigo para perforarlo y destruirlo".

Tan compleja de representar en las artes plásticas como fáciles lo son la tristeza, la alegría o el temor, es casi imposible retratar a un personaje con una maestría tan excelsa que, con sólo observar el retrato, se logre percibir en ese rostro al envidioso. Tal vez porque el envidioso no se alimenta de las diferencias reales sino de lo que le devuelve su percepción subjetiva, en tanto y en cuanto sólo ve lo que confirma su envidia.

Pese a su fuerza corrosiva (o tal vez explicable, precisamente, por ella), es la última de las emociones que cualquiera admitiría no sólo ante los demás sino incluso ante sí mismo. El tabú que desalienta toda declaración abierta de envidia es universal, pues se está dispuesto a admitir cualquier otro defecto antes que a reconocer que se es envidioso. Y aun cuando uno es capaz de conceder "envidio tus triunfos" o "envidio tu auto", parecería que sólo nos permitimos confesar esa debilidad cuando las circunstancias y el vínculo con el envidiado, al menos en la versión oficial, excluye la posibilidad de una envidia genuina, destructiva.

Genealogía

¿Cuáles son las condiciones que favorecen la aparición de la envidia?

Ya decía Aristóteles en Retórica que se envidia a un semejante, "el alfarero al alfarero". Porque es posible envidiar a un rival con el que se está en condiciones de competir, no a alguien tan inferior o tan superior que dicha asimetría vuelva imposible establecer una comparación. Y según reza el proverbio, "reina entre vecinos": el envidioso piensa que si su vecino se quiebra una pierna, él va a ser capaz de caminar mejor. En el plano discursivo, la envidia puede expresarse elogiando lo que es malo o, alternativamente, guardando silencio frente a lo bueno, porque todo aquel que elogia a otro, en su propio campo o en uno lindante, en principio se priva a sí mismo de dicho elogio (una de las razones por las cuales se acostumbra agradecer a los jurados de un concurso en el que, por su propia función, son excluidos de la nominación). Como en un sube y baja, todo elogio se pronuncia al costo de la propia reputación.

Por añadidura, el sentimiento de inferioridad es un factor esencial. El envidioso debe ser capaz de imaginarse la posibilidad de poseer el atributo deseado. Pero debe creer al mismo tiempo que ese atributo deseado está más allá de su poder y que jamás podrá ser alcanzado. Ese dispositivo imaginario se condensa mejor en un "podría haber sido mío" que en un "será mío", ya que lo deseado se encuentra próximo en la imaginación pero inalcanzable como predicción. El teórico social noruego Jon Elster sugiere que una princesa puede envidiar a una reina y las estrellas de cine a otras estrellas, pero la mayoría de los mortales no envidia ni a una ni a otras (o a lo sumo, las envidia débilmente).

La envidia, por otra parte, es una emoción que opera como en el tiro al blanco: sin un objetivo, sin una víctima, no se siente envidia. Su contrapartida puede ser la soledad del envidioso, quien no desea ser reconocido en su bajeza por el envidiado. Y hasta cualquier demostración de afecto o de amistad que éste pueda profesarle, a la espera de cierta reciprocidad y reconocimiento, puede resultar contraproducente: cuanto mayor es el afecto que se demuestra hacia el envidioso, mayor es su envidia.
Puesto que se carece de parámetros objetivos, no sociales, en el cálculo del propio valor se tiende a tomar a los otros como estándares. Cuanto más decepcionante es nuestro desempeño respecto del de nuestros pares, más disminuye la autoestima. En particular, cuando las comparaciones sociales no nos favorecen, se suele construir una imagen de sí en forma sesgada al servicio de la autoestima. Mediante este salto tramposo, se explica en parte cómo el dolor odioso de una comparación de la que se sale desfavorecido puede ser metamorfoseado en una emoción más soportable para la imagen de sí.

Tan unívoco es el mandato de ocultar(se) la envidia que suele ser reemplazada o transmutada en otras emociones. Con su talento para disfrazarse, la envidia tiene hermanastros tan tormentosos como ella misma: los celos, el resentimiento y la indignación.

Malditos celos

La envidia y los celos tienen en común que una y otros suponen algo que le importa mucho a quien envidia o siente celos. Pero mientras que en la envidia se desea lo que no se posee (deseo de obtener o de lograr algo), en cambio en los celos se manifiesta un temor de perder lo poseído (¿acaso Serrat no cantaba "no hay nada más dulce que lo que nunca he tenido, / nada más amargo, que lo que perdí"?).

Las diferencias no terminan allí: la envidia es una relación en la cual el envidioso codicia algo presuntamente poseído o logrado por el envidiado, cuando en verdad la preocupación del envidioso es que sea el otro el poseedor de algo material o no que él no tiene. Los celos, en cambio, conforman una relación triádica que involucran al celoso, al rival y al ser amado ("Las estrellas, celosas, nos mirarán pasar", poetizaban Le Pera y Gardel). El motivo de preocupación del celoso no es el rival sino el amado, aquel cuyo amor (o afecto, o alta estima) se teme perder en la medida en que un rival (las más de las veces, imaginario) puede poner en peligro la relación privilegiada y exclusiva que el amante mantiene con el amado. La imaginación es tan esencial a los celos que Proust la compara con un historiador sin documentos, pues los elementos probatorios son exigidos recién una vez que se comprende haber caído en un error (piénsese si no en Otelo, que comprende tardíamente, ante el cadáver de la fiel Desdémona, la trampa que le ha tendido un Yago ahogado en la envidia).

Aunque no es un axioma. Tanto se juegan los mecanismos imaginarios del yo que la pérdida es menos humillante si se es abandonado por un rival percibido como superior o por quien parece merecer más esa relación: cuando Camilla abandonó a su marido, el señor Parker Bowles tal vez habrá sentido que, al fin y al cabo, no era tan humillante ser desplazado por el príncipe de Gales -sin entrar a discutir los (controvertidos) méritos de Carlos- como por un jefe de oficina pedestre. Y como prueba del papel de la autoestima, en ausencia incluso de todo glamour, se señala la asimetría subjetiva sentida cuando se es abandonado por otro y cuando se es abandonado sin la sospecha de un tercero, cuando el adiós se vive con dolor pero sin celos.

Envidia, de Hendrick Goltzius
El filósofo Georg Simmel distinguió un fenómeno intermedio entre la envidia y los celos: el deseo envidioso de poseer algo o a alguien, no porque sea especialmente deseable para el sujeto, sino porque es de otros; reacción emocional que puede expresarse de dos formas que reniegan, una y otra, de lo deseado: una es renunciar al objeto ("ya no me importa"). La otra forma es la indiferencia (la célebre fábula de la zorra y las uvas) o hasta una aversión al objeto ("lo odio"). Y en una u otra de sus formas, sentir horror ante el mero pensamiento de que otro pueda poseerlo ("prefiero verlo destruido antes que otro lo posea"). Simmel advertía que quien se siente abismado en un deseo envidioso puede no desear poseer el logro codiciado, y en caso de que pudiese llegar a poseerlo, ni siquiera podría disfrutarlo, pero no soporta que otro lo disfrute. Envidia el yate de uno aunque sufra de mareos y la avioneta de otro aunque sienta vértigo.

El envidioso no tiene un interés genuino en que algo valioso en poder de otra persona le sea transferido a él, aun cuando querría ver al envidiado robado, desposeído, humillado o lastimado. Si lo que envidia es el prestigio, el talento o la belleza, puede cobijar el deseo de que el envidiado pierda ese prestigio, ese talento o esa belleza, a sabiendas de que lo perdido no será de nadie. En contrapartida, dado que el envidioso sobrevalora y hasta idealiza lo envidiado, enfrentado a un disvalor o a algo que le resulta indiferente, no poseerlo no erosiona su autoestima. Más aún, si otro se destaca en una habilidad o posee un objeto escasamente valorado por el envidioso, hasta puede provocar un sentimiento opuesto a la envidia: si un amigo es campeón de truco o en el juego de tejos, puedo sentirme orgullosa de él. E incluso voy a mirar con simpatía su colección de caracoles.

Cautivos del resentimiento

Prosiguiendo la línea trazada por Simmel, Melanie Klein observa en Envidia y gratitud que el envidioso persigue destruir a su víctima en su capacidad creadora y de goce, pues no puede soportar que un otro posea algo y él no lo posea. Intenta, entonces, denigrar y hasta destruir al otro para autoafirmarse en su narcisismo.

El resentimiento posee otra naturaleza. En las esclarecedoras páginas de Resentimiento y remordimiento, es caracterizado por el psicoanalista y escritor Luis Kancyper como "el amargo y enraizado recuerdo de una injuria particular", una suerte de rencor del cual nace el deseo de venganza. A diferencia de la envidia, que procura destruir al objeto, "el impulso resentido no persigue destruir al objeto sino castigarlo", nutriéndose del deseo de recuperar una realidad imposible en la ilusión de un tiempo circular. Pero como no puede destruir al objeto, lo tiene que preservar y controlar para poder continuar vengándose de una herida narcisista y de traumas injustamente padecidos de los que intenta vengarse.

"Después... ¿qué importa el después? / Toda mi vida es el ayer que me detiene en el pasado, / eterna y vieja juventud que me ha dejado acobardado / como un pájaro sin luz", revelaba Homero Expósito, con belleza impar, una de las facetas más demoledoras de la condición humana. El peligro es que si el sujeto se queda detenido con su resentimiento a cuestas, el tiempo de ese pasado vivido como injusto anega las tres dimensiones del tiempo: el presente permanece obturado por la memoria del rencor (cerrándolo con sus frustraciones resignificadas y reactivadas una y otra vez) y el futuro obliterado, obstruido, por la pasión de la venganza.

¿La indignación dignifica?

Con el fin de poder ser aceptada por los demás y por nosotros mismos, la envidia suele mutar en otras figuras más decorosas. Puede, entre otras, metamorfosearse en indignación. Pero conviene distinguirlas: cuando la superioridad de un rival, medida según estándares objetivos, es dolorosa pero se reconoce como justa, la envidia suele enmascararse tras la retórica de la reivindicación ante una injusticia. En contraste, toda vez que sentimos que, objetivamente, nuestra desventaja es tan inmerecida como injusta la ventaja del rival, no provocará envidia sino indignación. En otras palabras, una vez que los sentimientos hostiles son legitimados, la envidia residual se transmuta en indignación, sentimiento más apropiado y aceptable para el yo privado y público. Si mi rendimiento laboral es claramente superior al de mi compañera y pese a todo, la ascienden a ella porque es la favorita del jefe, la envidia por su ascenso se trastocará en indignación. Y de allí a la autocompasión media un solo paso, ya que apiadarse de uno mismo puede ser un remedio eficaz a la hora de eliminar toda comparación envidiosa que amenace la autoestima.

Metamorfosis

Si nos sentimos inferiores por una comparación poco ventajosa, ¿por qué no terminar por rendirnos a esta realidad? ¿Por qué no sentirnos felices por la superioridad del otro y, tomándolo como modelo, inspirarnos en él? Ese pasaje se prefigura en el lenguaje. Bordelois observa que el prefijo in- de in-vidia es ambivalente, pues puede significar tanto hostilidad como también "encerrar un secreto homenaje: en el fondo, la envidia es la mensajera nocturna de la admiración". Incluso Kierkegaard, quien consideraba la estupidez y la envidia como las dos grandes fuerzas de la sociedad, observó que "la envidia es admiración oculta. Un admirador que siente que la devoción no lo puede hacer feliz elegirá transformarse en un envidioso de lo que admira".

El envidioso es impulsado por una inferioridad presuntamente inmerecida, escudado en que esa situación subalterna no refleja su verdadero valor. Pero una vez que el objeto de la envidia es percibido claramente como superior al envidioso, ese mecanismo de defensa ya no funciona y, una vez eclipsada la hostilidad, la envidia puede ceder su lugar a la admiración. La diferencia entre una y otra es la que hay entre los antagonistas en una competencia (Federer versus Nadal) y los espectadores desinteresados que contemplan el torneo, capaces de admirar a los antagonistas sin envidia.

Otra de sus metamorfosis se produce cuando la envidia, devenida primero admiración, logra transmutarse en emulación -el deseo de evitar e incluso superar las acciones ajenas-. Por tortuoso que fuera el camino, el sujeto alcanza una emoción al servicio del yo pues, quien busca hacer lo que otro hizo, ya no vive cautivo de su odio. Y si bien la emulación requiere un rival, un competidor, éste no tiene que ser visto como un enemigo, y hasta puede tratarse de un amigo cuyo ejemplo estimula el talento propio.

Pero cuando los sentimientos de admiración y emulación fracasan, la envidia se metamorfosea en vergüenza. Mientras que la primera se bifurca entre el yo y el sujeto envidiado, la vergüenza nace en un yo defectuoso que concentra su atención en sí mismo, sin la presencia necesaria de una comparación subjetiva desfavorecedora. En particular, la vergüenza emana de tres fuentes: la vergüenza de sentir envidia y su sentido de inferioridad concomitante, la vergüenza de darse cuenta de que uno es culpable de su propia inferioridad y la vergüenza de sentir vergüenza. Nos resistimos a admitir su existencia porque socialmente es censurada y porque reconocer la propia envidia significa admitir, a fin de cuentas, nuestra condición paupérrima.

Así como la admiración y la emulación constituyen una salida socialmente aceptable a la envidia, y la vergüenza supone una dosis de sinceramiento, en el otro extremo del espectro moral se descubre un sentimiento tan abyecto que ni siquiera, en nuestro idioma, contamos con un término para designarlo. Schadenfreude es una palabra del idioma alemán que designa el sentimiento oculto de regocijo ante el sufrimiento o la infelicidad de otro.

Políticamente correctos

La antigua, rastrera e inequívoca palabra "envidia", que designa un proceso secreto y silencioso no siempre verificable, suele ocultarse tras la fachada más decorosa y políticamente correcta del "conflicto", conducta abierta y práctica socialmente aceptada. ¿Cuál es la diferencia que desautoriza a una y legitima al otro? Mientras que toda vez que aludo a la envidia debo aceptar que uno de los contrincantes es consciente de su inferioridad frente al otro, en cambio, cuando me dirijo a dos o más personas o grupos en conflicto, no necesito determinar quién es inferior.

Quizá fue la predilección de los sociólogos por los fenómenos observables la que condujo a la sustitución de la envidia por el concepto de "conflicto", empobreciendo numerosos aspectos de las relaciones sociales y humanas explicables en términos de envidia -una emoción muy primaria- pero no de conflicto. Se ha dicho, no obstante, que la sociología de la envidia pasa por alto que, entre el envidioso y el envidiado, no tiene por qué haber conflicto: lo irritante para el envidioso y lo que aumenta su envidia es su incapacidad para provocar un conflicto abierto con el objeto de su envidia.

Furia inmortal

Para distinguir la envidia justificable de la que no lo es, se distinguió entre la envidia a secas y la envidia "sana". Yo puedo envidiar sanamente el talento musical de una amiga, y ni remotamente deseo que pierda ese talento. Y en muchos otros casos de envidia "sana", las acciones del sujeto se dirigen a asegurar lo deseado para sí mismo, más que a minar al rival. Esas actitudes probarían la posibilidad de sentir una envidia exenta de connotaciones negativas.

A fin de cuentas, si nos detenemos en sus aspectos más benévolos, podemos tender sobre todas estas emociones indignas un manto de piedad: los celos son un mecanismo afectivo para preservar relaciones excepcionales y la indignación restablece momentáneamente la imagen del yo. Una envidia moderada ofrece una salida a la depresión, una ocasión para crecer y cierta esperanza en superar los obstáculos. Y hasta la envidia destructiva puede ser metamorfoseada en una competencia honorable y constructiva. No sólo eso: se ha dicho que la envidia conduce, en el espacio macrosocial, a un reclamo de justicia, a un igual tratamiento para todos: si uno no puede ser el favorito, nadie lo será. Un club de fans, por poner un ejemplo elemental, expresaría una acción común basada en que nadie puede tener al ídolo. Y hasta la solidaridad en la que se renuncia a un bien para que pueda ser compartido con otros ha sido vista como el efecto de una mutación forzada de la hostilidad original.

Por su historial deplorable, la envidia es una de las emociones más silenciadas de la condición humana. Y si se la desea analizar en su abismal profundidad, como se examina, en una suerte de vivisección existencial, un órgano con un escalpelo, se descubre que cuanto más oculta, más fascinante. El novelista Laurence Sterne ironizó cáusticamente que "la muerte cierra tras de sí la puerta de la envidia y abre la de la fama". Y mucho antes Aristóteles había sentenciado, a modo de consuelo escatológico, que los muertos ya no son nuestros rivales. Hasta solemos consagrarles todos los honores escatimados en vida mientras silenciamos sus vicios y miserias. Pero nada de lo pavoroso parece ajeno a lo humano. ¿Acaso la envidia de los muertos, rondando como espectros, no puede continuar acechando el reino de los vivos, perseguidos en la intimidad de su conciencia por esa furia inmortal que triunfa sobre el tiempo y la finitud?