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6.5.13
Hoy continuaron las exposiciones de los estudiantes y leímos un cuento que nos recomendó uno de los estudiantes, "No hay camino al paraíso" de Charles Bukowski.
También dimos lectura a una parte de Brevario de la fabada, de Paco Ignacio Taibo I.
También dimos lectura a una parte de Brevario de la fabada, de Paco Ignacio Taibo I.
29.4.13
Los estudiantes iniciaron sus exposiciones que culminarán en dos semanas. Leímos y comentamos el cuento de Jorge Ibargüengoitia, "¿Quién se lleva a Blanca?".
22.4.13
Hoy vimos un video que retrata la importancia en la cultura mexicana del escritor, Juan García Ponce. Leímos, además, su cuento "El café".
Los estudiantes nos darán su experiencia de lectura.
9.4.13
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| Kathy Hare |
Este lunes nos adentramos un poco en el signo lingüístico, su arbitrariedad y el círculo de la comunicación.
Leímos el cuento "Una, dos, tres por mí", de María Luisa Puga. Conoceremos la experiencia de lectura de los estudiantes.
2.4.13
En esta ocasión leímos una historia que nos cuenta Cristina Pacheco, De regreso. También, un interesante cuento de Francisco Hinojosa: "Informe negro". Los estudiantes registrarán sus experiencias de lectura.
De regreso
Cristina Pacheco
La jornada, 31 de marzo de 2013
Firme al volante, Danilo se concentra en mirar la autopista.
En el asiento posterior del coche Joshua y Sarahí, vestidos con ropa de playa,
dormitan entre toallas húmedas, bultos y mochilas. Idalia experimenta una rara
mezcla de nostalgia y ansiedad. Ve el reloj en el tablero. Son las dos de la
tarde. A estas horas de seguro otras personas habrán ocupado la habitación 208
en donde se hospedó con su marido y sus hijos durante los tres días de
vacaciones en Veracruz.
Idalia se da cuenta de que el paseo fue muy breve y lamenta
haberlo desperdiciado. Se reprocha porque mientras estuvo en la playa en vez de
entregarse por completo a la diversión y el descanso se dedicó a pensar en su
madre sola en el departamento, los asuntos sin resolver, las cuentas
pendientes, la discusión con su hermana, el rumor de que en la oficina de
correos habrá recorte de personal, en los abonos del coche, en la tubería con
fugas.
Ahora que está a punto de volver a su vida de siempre se
esfuerza por recordar cada detalle de la habitación 208: paredes amarillas, luz
raquítica, un buró, dos camas, reproducciones sobre las cabeceras. Una
representaba gaviotas sobrevolando el oleaje rizado, como de azúcar; la otra,
un barco navegando por un mar calmo y nocturno.
Tal vez los nuevos ocupantes del 208 las estén mirando con
asombro y digan lo que ella le comentó a Danilo: “Me gustaría tener unos
cuadros como éstos.” La escena inventada le provoca una antipatía infantil
hacia los desconocidos. Los imagina desempacando, poniéndose de prisa la ropa
ligera que pagaron (igual que ella) con tarjeta de crédito, haciéndose bromas,
tomándose fotos con los celulares. Sus hijos no dejaron de hacerlo. Quieren
mostrárselas a su abuela en cuanto la saluden. “Mira, abue: aquí estamos Sarahí
y yo sentados en el malecón”. “Esta nos la tomó mi papá en un restorán”. “Antes
de salir le sacamos una foto al cuarto en donde estuvimos”. “Aquí posamos en la
puerta del hotel”.
Más allá de esas fotos y las conchitas que levantaron en la
playa, Idalia se pregunta qué recuerdo de su primer viaje al mar guardarán
Joshua y Sarahí. Ojalá sea bonito y lo conserven, para que cuando lleguen a ser
padres lo compartan con sus hijos. La idea de que algún día sus niños harán su
vida lejos de ella y de Danilo le provoca ansia de abrazarlos, pero se contiene
para no interrumpir su sueño.
II
Idalia siente nostalgia por el puerto. Le gustaría
preguntarle a Danilo cuándo volverán, con la esperanza de que él le conteste:
“Muy pronto”, pero, conociéndolo, sabe que él le dará otra respuesta: “Cuando
se pueda”. Ella hará lo posible porque eso ocurra en Navidad. Sería bonito
hospedarse otra vez en el hotel Almirantes, en el mismo cuarto 208: paredes
amarillas, dos camas, reproducciones sobre las cabeceras. Gaviotas. Un barco.
Idalia se da cuenta de que recuerda mejor el mar en los cuadros que el que vio
inmenso, deslumbrante, erizado de olas y reflejos. Le lastimaban los ojos y
tuvo que comprarse unos lentes de sol en el malecón.
Ha cambiado mucho desde que lo vio por vez primera. Iba con
sus padres. Era niña. Se asombró ante el mar, jugó a huir de sus olas, conoció
los cangrejos, buscó tesoros en la arena. Su padre le hizo un castillo. “Cuando
sea grande, ¿viviré en uno así?”
El recuerdo de aquella pregunta la emociona, la devuelve a
la plenitud de su infancia cuando soñaba con ser grande, ponerse zapatos de
tacón y pintarse los labios de rojo. Ahora a diario hace las tres cosas, pero
le gustaría volver a su infancia y soñar la vida en un castillo.
Su departamento es todo menos eso; pero es el sitio que más
ama en el mundo. Mira de nuevo el reloj del tablero. Pronto estará subiendo las
escaleras del edificio y llamando a su madre. La imagina en estos momentos
parada en el zaguán, mirando a la distancia con la esperanza de que aparezca el
Sílver: así llama Danilo a su automóvil plateado que debe a medias y teme
perder por falta de pago.
Idalia piensa que en vez de irse de vacaciones a Veracruz
debieron haber invertido el dinero del viaje en pagar dos abonos del coche.
“Tómalo como una inversión”, le dijo su esposo la tarde en que le dio la
noticia de que acababa de comprárselo a un amigo del trabajo y ella le
recriminó que se hubiera echado semejante compromiso. Él se defendió con lo de
la inversión y se pasó horas demostrándole las cualidades del coche. Entonces
surgió la idea de llamarlo el Sílver.
A Idalia le pareció muy graciosa la ocurrencia pero siguió
pensando que, en sus condiciones y más con la inseguridad en el empleo, había
sido una locura comprar un automóvil. Él le encontró otra ventaja: “Los
domingos podremos sacar a los niños de paseo y, si se puede, los llevaremos a
que conozcan el mar. Me canso de que el Sílver aguanta de aquí a Veracruz sin
dejarnos tirados”.
La realidad contradijo ese optimismo: antes de que llegaran
a Puebla el coche sufrió tres averías. Danilo tuvo que pasarse horas haciendo
talacha e Idalia parada en el acotadero agitando una toalla para advertirles
del percance a los automovilistas que se aproximaban a toda velocidad. Mientras
tanto los niños, sudorosos y malhumorados, sugerían que mejor se regresaran a
la casa. Ni en el peor de los momentos Idalia les dio la razón. Habían hecho
toda clase de sacrificios y gastos para llevarlos de vacaciones a conocer el
mar y no era justo que ahora quisieran desbaratarlo todo sólo por unas cuantas
molestias. Iban a entender que habían valido la pena cuando se encontraran
frente al mar y vieran su movimiento eterno y su inmensidad. “Mira, abue, aquí
está mi hermana corriendo en la arena”. “Estos son mi papás abrazándose”.
Fue la única vez que Idalia y Danilo se tocaron. Durante sus
vacaciones en la playa la presencia de sus hijos los mantuvo cohibidos y
lejanos aun en la cama, cuando la Luna iluminaba los cuadros sobre las
cabeceras.
III
“Despierta a los niños. Ya casi llegamos”. De nuevo Idalia
se ve sorprendida por la voz de Danilo. Baja la ventanilla y mira hacia la gasolinera que está cerca del edificio en donde
viven, en donde su madre los espera, en donde se enrosca la rutina. Abre su
bolsa. Junto a su monedero está la llave del 208. Su rígida frialdad la
devuelve al cuarto de paredes amarillas, con un buró y dos cuadros sobre las
cabeceras. Gaviotas sobrevolando las olas. Un barco deslizándose en el mar
quieto y nocturno.
4.3.13
El día de hoy leímos y comentamos dos cuentos de Raymond Carver: "Si me necesitas, llámame" y "Leña".Leeremos los comentarios de los estudiantes.
26.2.13
Ayer leímos y comentamos dos cuentos: "Acuérdate" de Juan Rulfo y “De repente un toquido en la puerta” de Etgar Keret.
Conoceremos los comentarios de los estudiantes.
“De repente un toquido en la puerta”, Etgar Keret
—Cuéntame un cuento —me ordena el hombre con barba que está sentado en el sofá de mi sala.
Reconozco
que la situación me resulta bastante incómoda, porque yo escribo cuentos, pero
no soy un cuenta cuentos. Y además no lo hago por encargo. La última persona
que me pidió que le contara un cuento fue mi hijo, hace un año. Inventé algo
sobre un hada y un ratón de campo, ni siquiera recuerdo qué, sólo sé que a los
dos minutos ya se había quedado dormido. Mientras que la situación de ahora es
absolutamente distinta. Porque mi hijo no tiene barba. Ni pistola. Y porque mi
hijo me pidió el cuento, mientras que la intención de este hombre es robármelo.
Procuro
explicarle al barbudo que si enfunda la pistola será mucho mejor para él. Para
los dos, en realidad. Porque es difícil que se te ocurra un cuento mientras te
encañonan la cabeza con una pistola cargada. Pero el tipo insiste.
—En este país —explica—, cuando quieres algo, tienes que exigirlo por la fuerza.
Es un inmigrante judío recién llegado de Suecia. En Suecia la situación es completamente diferente. Allí, cuando se quiere algo, se pide educadamente y, por lo general, te lo dan. Pero en el asfixiante y enrarecido Medio Oriente, eso no es así. A uno le basta con pasar aquí una semana para entender cómo funcionan las cosas. O para ser más exactos, para entender cómo no funcionan. Los palestinos pidieron con muy buenos modales un Estado. ¿Se los dieron? ¡Pura mierda! Mientras que cuando pasaron a hacerse volar por los aires en autobuses cargados de niños, empezaron a escucharlos. Los colonos quisieron que se les enviara a alguien con quien dialogar. ¿Les enviaron a alguien? Otra mierda, eso es lo que les enviaron. Pero en cuanto se pusieron a repartir madrazos y a lanzarles aceite hirviendo a los guardias fronterizos, los estamentos empezaron a querer tomar contacto. Este país sólo entiende el lenguaje de la fuerza y no importa que se trate de un asunto de política, de economía o de un lugar de estacionamiento. Aquí sólo entendemos la fuerza.
Suecia, el lugar desde el que el barbudo ha inmigrado, es un país progresista y avanzado en no pocos campos. Porque Suecia no es sólo ABBA, IKEA y el Premio Nobel. Suecia es todo un mundo de cosas, y lo muchísimo que tienen lo han conseguido exclusivamente por las buenas. En Suecia, si se le hubiera ocurrido ir a casa de la vocalista de Ace of Base y tocar la puerta para pedirle que le cantara una canción, ella le habría preparado una taza de té, habría sacado la guitarra de debajo de la cama y se habría puesto a tocar. Y todo con una sonrisa. ¿Pero aquí? Si no trajera una pistola en la mano seguramente yo lo habría echado a patadas escaleras abajo.
—Mira… —le digo intentando que entre en razón.
—Nada de mira —exclama furioso el barbudo tomando el arma—, o el cuento o un balazo en la cabeza.
Así que comprendo que no tengo alternativa, que el tipo va completamente en serio.
—Hay dos personas sentadas en una habitación —empiezo—, cuando de repente alguien toca la puerta con los nudillos.
El barbudo se yergue. Por un momento creo que el cuento lo ha atrapado. Pero no. Está escuchando otra cosa. Y es que realmente hay alguien tocando la puerta con los nudillos.
—Abre —me dice—, y no intentes nada. Échalo de aquí lo más deprisa posible, porque si no esto va a acabar muy mal.
El joven de la puerta es un encuestador. Quiere hacerme unas cuantas preguntas. Muy cortas. Sobre la elevadísima humedad que hay aquí en verano y cómo ésta afecta a mi estado de ánimo. Le digo que no quiero que me haga la encuesta, pero él, de todos modos, se cuela.
—¿Quién es? —me pregunta, apuntando hacia el barbudo.
—Es mi sobrino, de Suecia —le miento—. Ha venido para enterrar aquí a su padre que ha muerto en un alud de nieve. En estos momentos estábamos mirando el testamento. ¿Serías, pues, tan amable de respetar nuestra intimidad yéndote ahora mismo?
—¡Vamos! —me dice el encuestador, dándome una palmadita en el hombro—, si son cuatro preguntitas de nada. Deja que este buen hombre se pueda ganar el pan. Me pagan por encuesta hecha.
Se desparrama en el sofá con su carpeta. El sueco se sienta a su lado. Yo sigo de pie, intentando parecer convincente.
—Te ruego que te vayas —le digo—, has llegado en mal momento.
—¿Cómo que en mal momento? ¿Porque no soy lo suficientemente blanco? Para los suecos veo que sí dispones de todo el tiempo del mundo, pero para este marroquí que, como soldado recién llegado del frente del Líbano, ha dejado allí la vida, para este don nadie, no tienes ni un triste minuto.
Intento explicarle que eso no es así, que simplemente se le ha ocurrido llegar en un momento delicado para el sueco y para mí. Pero el encuestador se acerca el cañón de su pistola a los labios indicándome que me calle la boca.
—Ya —me dice—, déjate de excusas. Siéntate ahí en el sillón y desembucha.
—¿Que desembuche qué? —le pregunto.
La verdad es que ahora sí estoy nervioso. El sueco también tiene una pistola y aquí se puede llegar a armar un verdadero enfrentamiento entre Oriente y Occidente o algo así, por la diferencia de mentalidad. O hasta quizá resulte que al sueco le dé por enloquecer porque quería el cuento para él solito.
—No intentes engañarme —me amenaza el encuestador—, tengo la mecha corta. Vamos, suelta ya de una vez un cuento.
—Eso —se le une el sueco, con una sorprendente complicidad mientras también me apunta con su arma y yo carraspeo para volver a empezar.
—Tres personas están sentadas en una habitación…
—Y nada de "de repente tocan la puerta con los nudillos" —me advierte el sueco.
El encuestador no entiende a qué se refiere, pero le sigue la corriente.
—Suéltalo ya —exclama—, y sin toquidos en la puerta. Cuéntanos otra cosa. Algo que nos sorprenda.
Callo un momento y tomo aire. Los dos tienen la mirada fijada en mí. ¿Por qué tendré que verme siempre en situaciones como éstas? A Amos Oz o a David Grossman nunca les pasaría algo así. De repente se oyen unos golpecitos en la puerta. La mirada de concentración de los dos se vuelve ahora amenazadora. Yo me encojo de hombros. No tengo nada que ver con eso, ni mi cuento tiene nada que ver con ese toquido en la puerta.
—Deshazte de él —me ordena el encuestador—, sea quien sea, dile que se largue.
Abro la puerta sólo una rendija. Es un repartidor que trae una pizza.
—¿Eres Keret? —me pregunta.
—Sí —le digo—, pero yo no he pedido ninguna pizza.
—Aquí dice Zamenhof 14—insiste, agitando una nota delante de mis narices y metiéndose a la casa.
—Lo dirá —le contesto—, pero yo no he pedido ninguna pizza.
—Una familiar —se empecina él—, mitad piña, mitad anchoas. Está pagada. Con tarjeta. Sólo tienes que darme la propina y me largo volando.
—¿Tú también has venido por el cuento? —le pregunta el sueco.
—¿Qué cuento? —se extraña el repartidor de pizza.
Pero se le nota que miente, porque es muy mal actor.
—Vamos, sácala —le espeta el encuestador—, saca la pistola de una vez.
—No tengo ninguna pistola —confiesa el repartidor, dejando asomar, sin embargo, de debajo de la caja de cartón, un largo cuchillo de carnicero—, pero lo haré picadillo si no se inventa enseguida una buena historia.
Ahora están los tres sentados en el sofá. El sueco a la derecha, a su lado el repartidor y a la izquierda el encuestador.
—Yo así no puedo —les digo—, no se me va a ocurrir ningún cuento si están ahí los tres con la tontería de las armas. Salgan un rato a dar una vuelta y cuando vuelvan veré si les tengo algo preparado.
—Lo que va a hacer el mierda éste es llamar a la policía —le dice el encuestador al sueco—. Cree que nos chupamos el dedo.
—Vamos, échate uno y nos vamos —me suplica el repartidor de pizza—, uno cortito. No seas tacaño, los tiempos que corren son muy malos, entre el desempleo, los atentados y los iraníes. La gente está sedienta de otra cosa. ¿Qué crees que nos ha traído hasta tu casa a unas personas normalitas como nosotros? La desesperación, hombre, la desesperación.
Yo asiento y vuelvo a empezar.
—Cuatro personas están sentadas en un sofá. Hace calor. Se aburren. El aire no funciona. Uno pide un cuento. Los demás le hacen coro…
—Eso no es un cuento —exclama irritado el encuestador—, eso es un informe de la situación, de lo que en este momento está pasando aquí. Precisamente de lo que estamos intentando escapar. No nos recicles la realidad como el camión de la basura. Dale a la imaginación hermano, inventa algo, vamos, lo más increíble posible.
Vuelvo a empezar.
—Un hombre está sentado en una habitación. Está solo. Es escritor. Quiere escribir un cuento. Ha pasado mucho tiempo desde que escribió su último cuento y siente una fuerte añoranza. Echa de menos la sensación de crear algo a partir de algo. Sí, algo a partir de algo. Porque eso de crear algo de la nada es para cuando de verdad se inventa algo. Y eso ni vale la pena ni es gran cosa. Mientras que crear algo a partir de algo quiere decir saber descubrir algo que ya existía todo el tiempo en ti y descubrirlo a través de algo que ha sucedido y que nunca antes había pasado. Finalmente, el hombre decide escribir sobre la situación. No sobre la situación política, ni tampoco sobre la situación social del país. Decide escribir un cuento sobre la situación humana, o mejor dicho, sobre la condición humana tal y como él la está experimentando en ese mismo momento. Pero no se le ocurre nada. Porque la situación humana, tal y como él la está viviendo en ese momento, según parece, no merece ningún cuento. Está a punto de renunciar a la idea cuando de repente…
—Ya te lo he advertido —me interrumpe el sueco—, nada de toquidos en la puerta.
—Es que tiene que ser así —me empeño yo—, sin que toquen la puerta no hay cuento.
—Déjalo —dice el repartidor de pizza suavemente—. Dale un poco de libertad. Si quiere que toquen la puerta, pues que la toquen. ¡Lo que sea, con tal de que nos cuente un cuento de una vez!
—En este país —explica—, cuando quieres algo, tienes que exigirlo por la fuerza.
Es un inmigrante judío recién llegado de Suecia. En Suecia la situación es completamente diferente. Allí, cuando se quiere algo, se pide educadamente y, por lo general, te lo dan. Pero en el asfixiante y enrarecido Medio Oriente, eso no es así. A uno le basta con pasar aquí una semana para entender cómo funcionan las cosas. O para ser más exactos, para entender cómo no funcionan. Los palestinos pidieron con muy buenos modales un Estado. ¿Se los dieron? ¡Pura mierda! Mientras que cuando pasaron a hacerse volar por los aires en autobuses cargados de niños, empezaron a escucharlos. Los colonos quisieron que se les enviara a alguien con quien dialogar. ¿Les enviaron a alguien? Otra mierda, eso es lo que les enviaron. Pero en cuanto se pusieron a repartir madrazos y a lanzarles aceite hirviendo a los guardias fronterizos, los estamentos empezaron a querer tomar contacto. Este país sólo entiende el lenguaje de la fuerza y no importa que se trate de un asunto de política, de economía o de un lugar de estacionamiento. Aquí sólo entendemos la fuerza.
Suecia, el lugar desde el que el barbudo ha inmigrado, es un país progresista y avanzado en no pocos campos. Porque Suecia no es sólo ABBA, IKEA y el Premio Nobel. Suecia es todo un mundo de cosas, y lo muchísimo que tienen lo han conseguido exclusivamente por las buenas. En Suecia, si se le hubiera ocurrido ir a casa de la vocalista de Ace of Base y tocar la puerta para pedirle que le cantara una canción, ella le habría preparado una taza de té, habría sacado la guitarra de debajo de la cama y se habría puesto a tocar. Y todo con una sonrisa. ¿Pero aquí? Si no trajera una pistola en la mano seguramente yo lo habría echado a patadas escaleras abajo.
—Mira… —le digo intentando que entre en razón.
—Nada de mira —exclama furioso el barbudo tomando el arma—, o el cuento o un balazo en la cabeza.
Así que comprendo que no tengo alternativa, que el tipo va completamente en serio.
—Hay dos personas sentadas en una habitación —empiezo—, cuando de repente alguien toca la puerta con los nudillos.
El barbudo se yergue. Por un momento creo que el cuento lo ha atrapado. Pero no. Está escuchando otra cosa. Y es que realmente hay alguien tocando la puerta con los nudillos.
—Abre —me dice—, y no intentes nada. Échalo de aquí lo más deprisa posible, porque si no esto va a acabar muy mal.
El joven de la puerta es un encuestador. Quiere hacerme unas cuantas preguntas. Muy cortas. Sobre la elevadísima humedad que hay aquí en verano y cómo ésta afecta a mi estado de ánimo. Le digo que no quiero que me haga la encuesta, pero él, de todos modos, se cuela.
—¿Quién es? —me pregunta, apuntando hacia el barbudo.
—Es mi sobrino, de Suecia —le miento—. Ha venido para enterrar aquí a su padre que ha muerto en un alud de nieve. En estos momentos estábamos mirando el testamento. ¿Serías, pues, tan amable de respetar nuestra intimidad yéndote ahora mismo?
—¡Vamos! —me dice el encuestador, dándome una palmadita en el hombro—, si son cuatro preguntitas de nada. Deja que este buen hombre se pueda ganar el pan. Me pagan por encuesta hecha.
Se desparrama en el sofá con su carpeta. El sueco se sienta a su lado. Yo sigo de pie, intentando parecer convincente.
—Te ruego que te vayas —le digo—, has llegado en mal momento.
—¿Cómo que en mal momento? ¿Porque no soy lo suficientemente blanco? Para los suecos veo que sí dispones de todo el tiempo del mundo, pero para este marroquí que, como soldado recién llegado del frente del Líbano, ha dejado allí la vida, para este don nadie, no tienes ni un triste minuto.
Intento explicarle que eso no es así, que simplemente se le ha ocurrido llegar en un momento delicado para el sueco y para mí. Pero el encuestador se acerca el cañón de su pistola a los labios indicándome que me calle la boca.
—Ya —me dice—, déjate de excusas. Siéntate ahí en el sillón y desembucha.
—¿Que desembuche qué? —le pregunto.
La verdad es que ahora sí estoy nervioso. El sueco también tiene una pistola y aquí se puede llegar a armar un verdadero enfrentamiento entre Oriente y Occidente o algo así, por la diferencia de mentalidad. O hasta quizá resulte que al sueco le dé por enloquecer porque quería el cuento para él solito.
—No intentes engañarme —me amenaza el encuestador—, tengo la mecha corta. Vamos, suelta ya de una vez un cuento.
—Eso —se le une el sueco, con una sorprendente complicidad mientras también me apunta con su arma y yo carraspeo para volver a empezar.
—Tres personas están sentadas en una habitación…
—Y nada de "de repente tocan la puerta con los nudillos" —me advierte el sueco.
El encuestador no entiende a qué se refiere, pero le sigue la corriente.
—Suéltalo ya —exclama—, y sin toquidos en la puerta. Cuéntanos otra cosa. Algo que nos sorprenda.
Callo un momento y tomo aire. Los dos tienen la mirada fijada en mí. ¿Por qué tendré que verme siempre en situaciones como éstas? A Amos Oz o a David Grossman nunca les pasaría algo así. De repente se oyen unos golpecitos en la puerta. La mirada de concentración de los dos se vuelve ahora amenazadora. Yo me encojo de hombros. No tengo nada que ver con eso, ni mi cuento tiene nada que ver con ese toquido en la puerta.
—Deshazte de él —me ordena el encuestador—, sea quien sea, dile que se largue.
Abro la puerta sólo una rendija. Es un repartidor que trae una pizza.
—¿Eres Keret? —me pregunta.
—Sí —le digo—, pero yo no he pedido ninguna pizza.
—Aquí dice Zamenhof 14—insiste, agitando una nota delante de mis narices y metiéndose a la casa.
—Lo dirá —le contesto—, pero yo no he pedido ninguna pizza.
—Una familiar —se empecina él—, mitad piña, mitad anchoas. Está pagada. Con tarjeta. Sólo tienes que darme la propina y me largo volando.
—¿Tú también has venido por el cuento? —le pregunta el sueco.
—¿Qué cuento? —se extraña el repartidor de pizza.
Pero se le nota que miente, porque es muy mal actor.
—Vamos, sácala —le espeta el encuestador—, saca la pistola de una vez.
—No tengo ninguna pistola —confiesa el repartidor, dejando asomar, sin embargo, de debajo de la caja de cartón, un largo cuchillo de carnicero—, pero lo haré picadillo si no se inventa enseguida una buena historia.
Ahora están los tres sentados en el sofá. El sueco a la derecha, a su lado el repartidor y a la izquierda el encuestador.
—Yo así no puedo —les digo—, no se me va a ocurrir ningún cuento si están ahí los tres con la tontería de las armas. Salgan un rato a dar una vuelta y cuando vuelvan veré si les tengo algo preparado.
—Lo que va a hacer el mierda éste es llamar a la policía —le dice el encuestador al sueco—. Cree que nos chupamos el dedo.
—Vamos, échate uno y nos vamos —me suplica el repartidor de pizza—, uno cortito. No seas tacaño, los tiempos que corren son muy malos, entre el desempleo, los atentados y los iraníes. La gente está sedienta de otra cosa. ¿Qué crees que nos ha traído hasta tu casa a unas personas normalitas como nosotros? La desesperación, hombre, la desesperación.
Yo asiento y vuelvo a empezar.
—Cuatro personas están sentadas en un sofá. Hace calor. Se aburren. El aire no funciona. Uno pide un cuento. Los demás le hacen coro…
—Eso no es un cuento —exclama irritado el encuestador—, eso es un informe de la situación, de lo que en este momento está pasando aquí. Precisamente de lo que estamos intentando escapar. No nos recicles la realidad como el camión de la basura. Dale a la imaginación hermano, inventa algo, vamos, lo más increíble posible.
Vuelvo a empezar.
—Un hombre está sentado en una habitación. Está solo. Es escritor. Quiere escribir un cuento. Ha pasado mucho tiempo desde que escribió su último cuento y siente una fuerte añoranza. Echa de menos la sensación de crear algo a partir de algo. Sí, algo a partir de algo. Porque eso de crear algo de la nada es para cuando de verdad se inventa algo. Y eso ni vale la pena ni es gran cosa. Mientras que crear algo a partir de algo quiere decir saber descubrir algo que ya existía todo el tiempo en ti y descubrirlo a través de algo que ha sucedido y que nunca antes había pasado. Finalmente, el hombre decide escribir sobre la situación. No sobre la situación política, ni tampoco sobre la situación social del país. Decide escribir un cuento sobre la situación humana, o mejor dicho, sobre la condición humana tal y como él la está experimentando en ese mismo momento. Pero no se le ocurre nada. Porque la situación humana, tal y como él la está viviendo en ese momento, según parece, no merece ningún cuento. Está a punto de renunciar a la idea cuando de repente…
—Ya te lo he advertido —me interrumpe el sueco—, nada de toquidos en la puerta.
—Es que tiene que ser así —me empeño yo—, sin que toquen la puerta no hay cuento.
—Déjalo —dice el repartidor de pizza suavemente—. Dale un poco de libertad. Si quiere que toquen la puerta, pues que la toquen. ¡Lo que sea, con tal de que nos cuente un cuento de una vez!
18.2.13
Este periodo semestral inició el 4 de febrero, pero hoy fue el primer día de clases de este semestre (febrero-julio, 2013) porque los dos lunes anteriores fueron de asueto.
Nuestra primera lectura, después de conocernos un poco, fue el hermoso cuento "El ramo azul" de nuestro Premio Nobel mexicano, Octavio Paz. Leeremos los comentarios de los estudiantes.
"El ramo azul"
Octavio Paz
Desperté, cubierto de sudor. Del piso de ladrillos rojos, recién regados, subía un vapor caliente. Una mariposa de alas grisáceas revoloteaba encandilada alrededor del foco amarillento. Salté de la hamaca y descalzo atravesé el cuarto, cuidando no pisar algún alacrán salido de su escondrijo a tomar el fresco. Me acerqué al ventanillo y aspiré el aire del campo. Se oía la respiración de la noche, enorme, femenina. Regresé al centro de la habitación, vacié el agua de la jarra en la palangana de peltre y humedecí la toalla. Me froté el torso y las piernas con el trapo empapado, me sequé un poco y, tras de cerciorarme que ningún bicho estaba escondido entre los pliegues de mi ropa, me vestí y calcé. Bajé saltando la escalera pintada de verde. En la puerta del mesón tropecé con el dueño, sujeto tuerto y reticente. Sentado en una sillita de tule, fumaba con el ojo entrecerrado. Con voz ronca me preguntó:
-¿Dónde va señor?
-A dar una vuelta. Hace mucho calor.
-Hum, todo está ya cerrado. Y no hay alumbrado aquí. Más le valiera quedarse.
Alcé los hombros, musité “ahora vuelvo” y me metí en lo oscuro. Al principio no veía nada. Caminé a tientas por la calle empedrada. Encendí un cigarrillo. De pronto salió la luna de una nube negra, iluminando un muro blanco, desmoronado a trechos. Me detuve, ciego ante tanta blancura. Sopló un poco de viento. Respiré el aire de los tamarindos. Vibraba la noche, llena de hojas e insectos. Los grillos vivaqueaban entre las hierbas altas. Alcé la cara: arriba también habían establecido campamento las estrellas. Pensé que el universo era un vasto sistema de señales, una conversación entre seres inmensos. Mis actos, el serrucho del grillo, el parpadeo de la estrella, no eran sino pausas y sílabas, frases dispersas de aquel diálogo. ¿Cuál sería esa palabra de la cual yo era una sílaba? ¿Quién dice esa palabra y a quién se la dice? Tiré el cigarrillo sobre la banqueta. Al caer, describió una curva luminosa, arrojando breves chispas, como un cometa minúsculo.
Caminé largo rato, despacio. Me sentía libre, seguro entre los labios que en ese momento me pronunciaban con tanta felicidad. La noche era un jardín de ojos. Al cruzar la calle, sentí que alguien se desprendía de una puerta. Me volví, pero no acerté a distinguir nada. Apreté el paso. Unos instantes percibí unos huaraches sobre las piedras calientes. No quise volverme, aunque sentía que la sombra se acercaba cada vez más. Intenté correr. No pude. Me detuve en seco, bruscamente. Antes de que pudiese defenderme, sentí la punta de un cuchillo en mi espalda y una voz dulce:
-No se mueva , señor, o se lo entierro.
Sin volver la cara pregunte:
-¿Qué quieres?
Sin volver la cara pregunte:
-¿Qué quieres?
-Sus ojos señor –contestó la voz suave, casi apenada.
-¿Mis ojos? ¿Para qué te servirán mis ojos? Mira, aquí tengo un poco de dinero. No es mucho, pero es algo. Te daré todo lo que tengo, si me dejas. No vayas a matarme.
-No tenga miedo señor. No lo mataré. Nada más voy a sacarle los ojos.
-Pero, ¿para qué quieres mis ojos?
-Es un capricho de mi novia. Quiere un ramito de ojos azules y por aquí hay pocos que los tengan.
Mis ojos no te sirven. No son azules, sino amarillos.
-Ay, señor no quiera engañarme. Bien sé que los tiene azules.
-No se le sacan a un cristiano los ojos así. Te daré otra cosa.
-Pero, ¿para qué quieres mis ojos?
-Es un capricho de mi novia. Quiere un ramito de ojos azules y por aquí hay pocos que los tengan.
Mis ojos no te sirven. No son azules, sino amarillos.
-Ay, señor no quiera engañarme. Bien sé que los tiene azules.
-No se le sacan a un cristiano los ojos así. Te daré otra cosa.
-No se haga el remilgoso, me dijo con dureza. Dé la vuelta.
Me volví. Era pequeño y frágil. El sombrero de palma le cubría medio rostro. Sostenía con el brazo derecho un machete de campo, que brillaba con la luz de la luna.
-Alúmbrese la cara.
Encendí y me acerqué la llama al rostro. El resplandor me hizo entrecerrar los ojos. El apartó mis párpados con mano firme. No podía ver bien. Se alzó sobre las puntas de los pies y me contempló intensamente.
La llama me quemaba los dedos. La arrojé. Permaneció un instante silencioso.
-¿Ya te convenciste? No los tengo azules.
-¡Ah, qué mañoso es usted! –respondió- A ver, encienda otra vez.
Froté otro fósforo y lo acerqué a mis ojos. Tirándome de la manga, me ordenó.
Me volví. Era pequeño y frágil. El sombrero de palma le cubría medio rostro. Sostenía con el brazo derecho un machete de campo, que brillaba con la luz de la luna.
-Alúmbrese la cara.
Encendí y me acerqué la llama al rostro. El resplandor me hizo entrecerrar los ojos. El apartó mis párpados con mano firme. No podía ver bien. Se alzó sobre las puntas de los pies y me contempló intensamente.
La llama me quemaba los dedos. La arrojé. Permaneció un instante silencioso.
-¿Ya te convenciste? No los tengo azules.
-¡Ah, qué mañoso es usted! –respondió- A ver, encienda otra vez.
Froté otro fósforo y lo acerqué a mis ojos. Tirándome de la manga, me ordenó.
-Arrodíllese.
Mi hinqué. Con una mano me cogió por los cabellos, echándome la cabeza hacia atrás. Se inclinó sobre mí, curioso y tenso, mientras el machete descendía lentamente hasta rozar mis párpados. Cerré los ojos.
-Ábralos bien –ordenó.
Abrí los ojos. La llamita me quemaba las pestañas. Me soltó de improviso.
-Pues no son azules, señor. Dispense.
Y despareció.
Me acodé junto al muro, con la cabeza entre las manos. Luego me incorporé. A tropezones, cayendo y levantándome, corrí durante una hora por el pueblo desierto. Cuando llegué a la plaza, vi al dueño del mesón, sentado aún frente a la puerta.
Entré sin decir palabra.
Al día siguiente huí de aquel pueblo.
8.10.12
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| Abigail Larson |
Hoy leímos y comentamos el poema de Edgar Allan Poe, Annabel Lee. También, dos de sus cuentos: "El retrato oval" y “El corazón delator”, publicado por primera vez en el periódico literario The pioneer en enero de 1843. Poe lo publicó más tarde en su periódico The Broadway Journal en su edición del 23 de agosto de 1845.
El 7 de octubre se cumplen años de su fallecimiento, en 1849. Los estudiantes nos ofrecerán su interpretación y puntos de vista sobre estas lecturas.
Annabel Lee, canta Radio Futura.
Agradecemos a María Soledad Zamora Mejía, una estudiante del grupo, que nos envía el poema de Poe, Lenore. De igual forma, una explicación del mismo más un video con una excelente caricatura del poema (el primero de una miniserie de varios capítulos) y un video con la explicación de la caricatura.
Soledad, nos comenta:
“El personaje principal es la niña que en el poema se encuentra muerta, acompañada y acechada de varios seres que en ocasiones serían tétricos. Ella los observa como algo normal, mostrándonos que la muerte y lo que rodea estos oscuros temas no siempre son malos. Hay que observar el modo en que lo aborda la caricatura manchada de inocencia”.
En este video, escuchamos las envidias y resentimientos que siguieron a este excelente escritor.
“El personaje principal es la niña que en el poema se encuentra muerta, acompañada y acechada de varios seres que en ocasiones serían tétricos. Ella los observa como algo normal, mostrándonos que la muerte y lo que rodea estos oscuros temas no siempre son malos. Hay que observar el modo en que lo aborda la caricatura manchada de inocencia”.
En este video, escuchamos las envidias y resentimientos que siguieron a este excelente escritor.
24.9.12
Hoy leímos dos cuentos del libro Registro de imposibles de Cecilia Eudave, “El oculista” y “Lecciones de piano”. Los comentamos en clase y fueron muy inteligentes y amenas las interpretaciones que se manifestaron.
Los estudiantes nos ofrecerán su interpretación y puntos de vista sobre los relatos y presentarán notas sobre la escritora mexicana.
Los estudiantes nos ofrecerán su interpretación y puntos de vista sobre los relatos y presentarán notas sobre la escritora mexicana.
3.9.12
"En realidad las cosas verdaderamente difíciles son todo lo que la gente cree poder hacer a cada momento", Cortázar.

Plano de la casa tomada (picar en la imagen para verla más grande).
Hoy leímos dos cuentos de Julio Cortázar, “Continuidad de los parques” y “Casa tomada”. Los estudiantes nos ofrecen su interpretación y puntos de vista sobre los relatos y presentan notas sobre el escritor argentino. Los textos:
"Continuidad de los parques" y "Casa tomada". 
"Casa tomada": Video, el cuento es narrado por el escritor
"Continuidad de los parques", Video, el cuento es narrado por el escritor.
3.8.12
Nuestra primera lectura es el cuento, "Después de la cita". Los estudiantes nos dan su interpretación.
Era otoño. Algunos de los árboles habían perdido por completo las hojas y sus intrincados esqueletos resistían silenciosamente el paso del aire, que hacía murmurar y cantar las de aquellos que aún conservaban unas cuantas, amarillas y cada vez más escasas. A través de las ramas, podían verse las luces brillando tras las ventanas, a pesar de las pálidas cortinas de gasa. Tal vez hacía demasiado frío para ser noviembre.
Ella caminaba no muy rápidamente, por sobre el pasto húmedo y muelle, en el centro de la avenida. Podía tener quince o veinticinco años. Bajo la amplia gabardina sus formas se perdían borrosamente. Sus cabellos, cortos, despeinados, enmarcaban una cara misteriosamente vieja e infantil. No estaba pintada y el frío le había enrojecido la nariz, que era chica, pero bien dibujada. Una bolsa grande y deteriorada colgaba desmañadamente de su hombro izquierdo.
Caminando en diagonal, salió del camellón, atravesó la calle y siguió avanzando por la banqueta. Al llegar a la primera bocacalle una súbita corriente de aire despeinó más aún sus cabellos. Metió las manos hasta el fondo de su gabardina y apresuró un poco el paso. El aire cesó casi por completo apenas hubo alcanzado el primer edificio. Una de las ventanas de la planta baja estaba iluminada. Instintivamente se detuvo y miró hacia adentro. Un hombre y una mujer, muy viejos, se sonreían, afectuosa, calurosamente, desde cada uno de los extremos de la mesa, que era, como las sillas y el aparador, grande, fuerte, resistente. Ella tenía un chal de punto gris sobre los hombros; él una camisa sin cuello y un grueso chaleco de lana. Los restos de la cena estaban todavía sobre la mesa. De pronto la mujer se levantó, recogió los platos y salió de la habitación. La muchacha no quiso ver más. Suspiró inexplicablemente y siguió caminando. Al atravesar una nueva bocacalle el viento volvió a despeinarla. Tras la ventaja el viejo se levantó, avanzó lentamente y abandonó el comedor. La luz dejó de reflejarse en la calle.
La muchacha, siempre sin motivo aparente, dejó la calle y regresó al camellón. En una de las bancas un bulto se perfiló en la oscuridad. Cuando pasó junto a él, se dividió en dos y una risa nerviosa se extendió en el aire. Los miró sin poder distinguirles las caras y siguió su camino. Un halo de soledad se desprendía de la débil luz que la interminable fila de faroles proyectaba sobre el piso brillante.
La bolsa golpeaba rítmicamente contra su cadera y su peso hacía que sintiera el hombro izquierdo ligeramente más bajo que el otro. Caminó unos pasos más y se la cambió al otro lado.
Poco antes de llegar al cine, un niño le ofreció un periódico y ella le entregó el importe olvidándose de recoger el papel. Se detuvo un momento frente a un carro ambulante que despedía un agradable calor y poco después se alejó, masticando con cuidado para no quemarse. Ahora todo estaba tranquilo y ella se sintió como si estuviera dentro de un agujero en el centro del aire. Abandonó la idea de entrar a ver el final de cualquier película y pasó rápidamente frente a la taquilla, resistiendo la tentación de detenerse a mirar los carteles que anunciaban los próximos estrenos.
Durante largas horas había esperado inútilmente, aterida de frío, impaciente, unas cuantas calles atrás. Nada de eso importaba ya. Sólo el cansancio y el sabor incierto de la espera le recordaban esos momentos. Quería caminar y olvidarlo todo; la alegría y la esperanza y después el principio de las dudas y al final la certeza de que no vendría, junto con la necesidad angustiosa de decir a alguien todas las palabras que tenía guardadas para él.
Las ventanas iluminadas y el brillo del cine quedaron atrás. A los lados de la calle sólo había árboles y flores marchitas brotando mágicamente de la semioscuridad. El ruido de los automóviles y sus faros deslumbrantes se hizo cada vez más lejano y ella se sentó en una de las bancas sin mirar en su derredor. Descubrió que estaba cansada. Del fondo de la bolsa sacó un cigarro. La débil llama de su encendedor se extinguió tres veces antes de que lograra prenderlo. Luego fumó larga y ávidamente, mientras las hojas, tan ruidosas como la lluvia, caían a su alrededor.
Cuando el niño, silenciosamente, se sentó a su lado, el lejano silbato de un tren cubrió de melancolía y tristeza los densos rumores de la noche. Ella lo miró sin asombrarse. Parecía tener frío. Estaba descalzo, despeinado y sucio. Le pidió que le regalara un cigarro y después, mientras fumaba vorazmente, mirándola y sonriendo, le contó que dormía en la calle y que todavía no había comido. Sintió una lástima extraña, que la abarcaba a ella misma: volvió a buscar en la bolsa y le regaló casi todo lo que traía. Después se levantó y caminó hasta que los faros de los coches volvieron a deslumbrarla ininterrumpidamente.
Antes de que la lluvia se hiciera torrencial llegó a la esquina y se subió al primer camión que atendió su llamada. Estaba casi vacío y avanzaba lentamente. Sin embargo, allí, mirando a los demás pasajeros y sintiendo el olor, viscoso y penetrante, que el día había dejado y al que ahora se unía el que provocaba la lluvia mientras los vidrios se cubrían de un espeso vaho, se sintió protegida, cálida y tranquila. Prendió otro cigarro y miró por la ventanilla la calle mojada, recordando otros días, otros años, las risas y la alegría, la emoción del conocimiento, la sensación de ser comprendida, y la soledad de ahora, hasta que el vaho le impidió toda visibilidad. Entonces observó con cariño, casi con gratitud a los demás pasajeros: dos obreros, albañiles seguramente, con sus portaviandas a los pies, y la cara, el pelo y la ropa manchados de cal; un señor gordo y canoso, con un traje negro raído hasta parecer verde, que leía el periódico desdoblándolo ruidosamente; un muchacho flaco con barros y ojos tristes, que le devolvió la mirada con malicia y sonrió ambiguamente; una mujer, no muy joven, a la que el muchacho había estado mirando continuamente antes de que ella subiera; una vieja, mal vestida, que respondía pacientemente a todas las inesperadas preguntas que le dirigía la niña que llevaba de la mano, y al fondo, mirándose, sonriéndose, bajo la luz tenue y gastada, una pareja de edad indefinida, compañeros de oficina probablemente. El chofer, cansado, miraba de vez en cuando a los pasajeros por el espejo y el camión chillaba y se quejaba mientras los coches lo pasaban rápidamente. Todo parecía mortecino y agónico. La lluvia repiqueteaba monótonamente sobre el techo de lámina. La sensación de soledad y abandono volvió a apoderarse de ella, que la acogió casi con ternura.
El muchacho con barros se cambió al asiento de atrás y poco después al de junto de ella; pero no pudo ir más allá de pedirle un cerillo, que ella le regaló sin sentirse ofendida y, unas cuadras más adelante, se bajó detrás de la señora no muy joven. El señor gordo terminó su periódico y lo dejó a su lado, olvidándose de recogerlo al bajarse. Subieron otros dos jóvenes y el sonido de sus risas siguió molestándole hasta varias cuadras después de que se bajaran. El chofer avisó que allí terminaba el recorrido y ella se bajó, silenciosa e indecisa, detrás de la vieja con la niña, los dos obreros y la pareja de oficinistas.
La lluvia se había convertido en una llovizna punzante y helada que volvió a enrojecerle la nariz, mientras caminaba sin rumbo fijo, detrás de la pareja de oficinistas, mirando los aparadores iluminados. Libros, discos, pieles, vestidos, alhajas, curiosidades. La calle brillaba como un espejo y la ciudad entera parecía alegrarse por ello. De vez en cuando el sonido de un claxon, dispersándose en el aire, tapaba el de los motores. Las mesas vacías de un café, detrás de la amplia ventana cubierta de letreros, la hicieron recordar la hora. Pensó en su casa, en las preguntas y reproches y en las mentiras que tendría que inventar. El recuerdo de la espera le llenó nuevamente la boca, y los aparadores perdieron todo su encanto. Atravesó rápidamente y paró un taxi, tratando de evitar que el nudo en la garganta se convirtiera en lágrimas.
Cuando llegó a su casa, rechazó la cena, evitó las preguntas, se encerró en su cuarto y lloró larga, silenciosa, desesperadamente...
Fuente | Juan García Ponce.
Cuento "El café", de Juan García Ponce
Después de la cita", de Juan García Ponce
Era otoño. Algunos de los árboles habían perdido por completo las hojas y sus intrincados esqueletos resistían silenciosamente el paso del aire, que hacía murmurar y cantar las de aquellos que aún conservaban unas cuantas, amarillas y cada vez más escasas. A través de las ramas, podían verse las luces brillando tras las ventanas, a pesar de las pálidas cortinas de gasa. Tal vez hacía demasiado frío para ser noviembre.
Ella caminaba no muy rápidamente, por sobre el pasto húmedo y muelle, en el centro de la avenida. Podía tener quince o veinticinco años. Bajo la amplia gabardina sus formas se perdían borrosamente. Sus cabellos, cortos, despeinados, enmarcaban una cara misteriosamente vieja e infantil. No estaba pintada y el frío le había enrojecido la nariz, que era chica, pero bien dibujada. Una bolsa grande y deteriorada colgaba desmañadamente de su hombro izquierdo.
Caminando en diagonal, salió del camellón, atravesó la calle y siguió avanzando por la banqueta. Al llegar a la primera bocacalle una súbita corriente de aire despeinó más aún sus cabellos. Metió las manos hasta el fondo de su gabardina y apresuró un poco el paso. El aire cesó casi por completo apenas hubo alcanzado el primer edificio. Una de las ventanas de la planta baja estaba iluminada. Instintivamente se detuvo y miró hacia adentro. Un hombre y una mujer, muy viejos, se sonreían, afectuosa, calurosamente, desde cada uno de los extremos de la mesa, que era, como las sillas y el aparador, grande, fuerte, resistente. Ella tenía un chal de punto gris sobre los hombros; él una camisa sin cuello y un grueso chaleco de lana. Los restos de la cena estaban todavía sobre la mesa. De pronto la mujer se levantó, recogió los platos y salió de la habitación. La muchacha no quiso ver más. Suspiró inexplicablemente y siguió caminando. Al atravesar una nueva bocacalle el viento volvió a despeinarla. Tras la ventaja el viejo se levantó, avanzó lentamente y abandonó el comedor. La luz dejó de reflejarse en la calle.
La muchacha, siempre sin motivo aparente, dejó la calle y regresó al camellón. En una de las bancas un bulto se perfiló en la oscuridad. Cuando pasó junto a él, se dividió en dos y una risa nerviosa se extendió en el aire. Los miró sin poder distinguirles las caras y siguió su camino. Un halo de soledad se desprendía de la débil luz que la interminable fila de faroles proyectaba sobre el piso brillante.
La bolsa golpeaba rítmicamente contra su cadera y su peso hacía que sintiera el hombro izquierdo ligeramente más bajo que el otro. Caminó unos pasos más y se la cambió al otro lado.
Poco antes de llegar al cine, un niño le ofreció un periódico y ella le entregó el importe olvidándose de recoger el papel. Se detuvo un momento frente a un carro ambulante que despedía un agradable calor y poco después se alejó, masticando con cuidado para no quemarse. Ahora todo estaba tranquilo y ella se sintió como si estuviera dentro de un agujero en el centro del aire. Abandonó la idea de entrar a ver el final de cualquier película y pasó rápidamente frente a la taquilla, resistiendo la tentación de detenerse a mirar los carteles que anunciaban los próximos estrenos.
Durante largas horas había esperado inútilmente, aterida de frío, impaciente, unas cuantas calles atrás. Nada de eso importaba ya. Sólo el cansancio y el sabor incierto de la espera le recordaban esos momentos. Quería caminar y olvidarlo todo; la alegría y la esperanza y después el principio de las dudas y al final la certeza de que no vendría, junto con la necesidad angustiosa de decir a alguien todas las palabras que tenía guardadas para él.
Las ventanas iluminadas y el brillo del cine quedaron atrás. A los lados de la calle sólo había árboles y flores marchitas brotando mágicamente de la semioscuridad. El ruido de los automóviles y sus faros deslumbrantes se hizo cada vez más lejano y ella se sentó en una de las bancas sin mirar en su derredor. Descubrió que estaba cansada. Del fondo de la bolsa sacó un cigarro. La débil llama de su encendedor se extinguió tres veces antes de que lograra prenderlo. Luego fumó larga y ávidamente, mientras las hojas, tan ruidosas como la lluvia, caían a su alrededor.
Cuando el niño, silenciosamente, se sentó a su lado, el lejano silbato de un tren cubrió de melancolía y tristeza los densos rumores de la noche. Ella lo miró sin asombrarse. Parecía tener frío. Estaba descalzo, despeinado y sucio. Le pidió que le regalara un cigarro y después, mientras fumaba vorazmente, mirándola y sonriendo, le contó que dormía en la calle y que todavía no había comido. Sintió una lástima extraña, que la abarcaba a ella misma: volvió a buscar en la bolsa y le regaló casi todo lo que traía. Después se levantó y caminó hasta que los faros de los coches volvieron a deslumbrarla ininterrumpidamente.
Antes de que la lluvia se hiciera torrencial llegó a la esquina y se subió al primer camión que atendió su llamada. Estaba casi vacío y avanzaba lentamente. Sin embargo, allí, mirando a los demás pasajeros y sintiendo el olor, viscoso y penetrante, que el día había dejado y al que ahora se unía el que provocaba la lluvia mientras los vidrios se cubrían de un espeso vaho, se sintió protegida, cálida y tranquila. Prendió otro cigarro y miró por la ventanilla la calle mojada, recordando otros días, otros años, las risas y la alegría, la emoción del conocimiento, la sensación de ser comprendida, y la soledad de ahora, hasta que el vaho le impidió toda visibilidad. Entonces observó con cariño, casi con gratitud a los demás pasajeros: dos obreros, albañiles seguramente, con sus portaviandas a los pies, y la cara, el pelo y la ropa manchados de cal; un señor gordo y canoso, con un traje negro raído hasta parecer verde, que leía el periódico desdoblándolo ruidosamente; un muchacho flaco con barros y ojos tristes, que le devolvió la mirada con malicia y sonrió ambiguamente; una mujer, no muy joven, a la que el muchacho había estado mirando continuamente antes de que ella subiera; una vieja, mal vestida, que respondía pacientemente a todas las inesperadas preguntas que le dirigía la niña que llevaba de la mano, y al fondo, mirándose, sonriéndose, bajo la luz tenue y gastada, una pareja de edad indefinida, compañeros de oficina probablemente. El chofer, cansado, miraba de vez en cuando a los pasajeros por el espejo y el camión chillaba y se quejaba mientras los coches lo pasaban rápidamente. Todo parecía mortecino y agónico. La lluvia repiqueteaba monótonamente sobre el techo de lámina. La sensación de soledad y abandono volvió a apoderarse de ella, que la acogió casi con ternura.
El muchacho con barros se cambió al asiento de atrás y poco después al de junto de ella; pero no pudo ir más allá de pedirle un cerillo, que ella le regaló sin sentirse ofendida y, unas cuadras más adelante, se bajó detrás de la señora no muy joven. El señor gordo terminó su periódico y lo dejó a su lado, olvidándose de recogerlo al bajarse. Subieron otros dos jóvenes y el sonido de sus risas siguió molestándole hasta varias cuadras después de que se bajaran. El chofer avisó que allí terminaba el recorrido y ella se bajó, silenciosa e indecisa, detrás de la vieja con la niña, los dos obreros y la pareja de oficinistas.
La lluvia se había convertido en una llovizna punzante y helada que volvió a enrojecerle la nariz, mientras caminaba sin rumbo fijo, detrás de la pareja de oficinistas, mirando los aparadores iluminados. Libros, discos, pieles, vestidos, alhajas, curiosidades. La calle brillaba como un espejo y la ciudad entera parecía alegrarse por ello. De vez en cuando el sonido de un claxon, dispersándose en el aire, tapaba el de los motores. Las mesas vacías de un café, detrás de la amplia ventana cubierta de letreros, la hicieron recordar la hora. Pensó en su casa, en las preguntas y reproches y en las mentiras que tendría que inventar. El recuerdo de la espera le llenó nuevamente la boca, y los aparadores perdieron todo su encanto. Atravesó rápidamente y paró un taxi, tratando de evitar que el nudo en la garganta se convirtiera en lágrimas.
Cuando llegó a su casa, rechazó la cena, evitó las preguntas, se encerró en su cuarto y lloró larga, silenciosa, desesperadamente...
Fuente | Juan García Ponce.
Cuento "El café", de Juan García Ponce
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